Escribir
eruptar y dejar salir el hueso de pollo.
Retomo la escritura una otra vez más.
Me fijo al empezar la publicación en una letra gris apagada que imperativamente impone:
“Comienza a escribir… “
Me gusta. Un poco de látigo y determinación me vienen que ni pintados.
No es que no haya escrito en este tiempo, lo he hecho para mí, de una manera nada (o poco) literaria en ese diario que siempre pugna por convertirse en hábito y en múltiples notas del móvil (a parte de la de la compra tenemos: Escritura, A vuelapluma, Poemas, Extásis, A mi hermana…). Nunca consigo tenerlas ordenadas y mucho menos finalizarlas -a excepción de la de la compra, claro, y oye, algo es algo ¿no?- y si no consigo mantener en orden las notas imaginaros el coche, mi casa, o qué se yo ,mis pensamientos o la vida. Y ahí se me pasan las horas, como un infinito día de la marmota esforzándome por alcanzar lo inalcanzable: el dichoso orden que me aleja de sentarme y pensar qué es lo que quiero contar. O tal vez no pensar y simplemente dejarlo salir en ese soñado y solo tal vez idealizado estado de flujo.
Escribir.Escribir.Escribir.
Así que la búsqueda constante de un orden que nunca llega es lo que me aleja de lo que quiero. Bueno, eso y el miedo a no ser capaz, a las opiniones, a ser un fraude, no merecedora… Eso, y también una sensación incómoda, como si tuviese un puto tapón, como si un huesecillo de pollo potencialmente mortal estuviese alojado en mi garganta.
Os decía que había escrito en ese conato de diario y en las dichosas notas del móvil, pero donde más he escrito en realidad es en mí atareada cabecita. No sé si estoy en lo cierto, muy probablemente no, pero creo que lo que escribo ahí es algo digno de un premio importante (yo qué sé, el Booker internacional, el Goncourt o el Cervantes) y fantaseo con un aparato (una especie de gorro de piscina con un montón de electrodos) que transcribe fielmente todas esas novelas, artículos y demás tesoros sepultados en mi interior y que algo en mí dicta empecinadamente varias veces al día a un vacío sordo lleno de agujeros del tamaño de pelotas de baloncesto.
Es curioso como sin ningún esfuerzo a veces lanzamos verdades profundas, pistas para una existencia más feliz, y lo hacemos en momentos no demasiado trascendentales, como si se nos escapase un pequeño erupto sin importancia (a ver si en una de estas consigo expulsar el hueso de pollo). El otro día, sin ir más lejos, en medio de una pedicura muy necesitada le conté a M. como realmente lo que a mí me gustan son las letras, la literatura y como había estudiado una carrera de ciencias no por vocación, si no porque necesitaba quedarme en mi ciudad y tener trabajo y ganar dineritos as soon as possible, como dicen los angloparlantes.
Y me quedé tan ancha y con unos pies preciosos.
Lo más importante que tenemos cada uno de nosotros es nuestra propia historia, compartirla de una u otra manera es un camino de autodescubrimiento y sanación, un acto generoso y valiente que puede servir a otros de maneras misteriosas. Yo qué sé, algo así.
Y eso es lo que voy a intentar, acercarme a esa escritura peligrosa que tanto me gusta, contaros un poco de mi historia. Permitirme jugar, valerme de la escritura fragmentaria llena de valiosos silencios. Entrenarme en afinar las preguntas, redondearlas y esculpirlas, porque muchas -muchísimas- veces la clave esta ahí en descubrir las preguntas adecuadas y mirarlas a los ojos el tiempo que haga falta.
Os deseo un domingo tranquilo, y si como yo, estáis a punto de regresar a algo en lo que ya no creéis y tenéis un nudo del tamaño del mundo en la barriga también e incluso un poquito más :)
Muchas gracias por leerme,
P.




Se te echaba mucho de menos por aquí 🧡
Con muchas ganas de leer esas preguntas que estoy segura podrán ser preguntas - espejo y también preguntas - compañía.
Un abrazo fuerte.
O.
Deseando estoy de saber más❤ y si inventas ese cacharillo, yo también necesito uno. ¿Por qué siempre me viene la inspiración cuando estoy tumbada en la cama, a punto de dormir? Mecachis.